Tábara


لِكُلِّ كِتَابٍ وَطَنٌ، وَالْحَقِيقَةُ وَاحِدَةٌ

Cada libro tiene su patria, pero la verdad es una sola


La providencia me trajo un encargo que permitió que pudiera cumplir mi sueño. Un comerciante cristiano acudió a mi escribanía en busca de papel. Quería llevarlo a Ard al-Yaláliqa, o como ellos dicen, Tierra de Lión, precisamente a donde quería dirigirme yo. Liquidé todo el papel que me quedaba y le pregunté cómo irían al norte. Me informó de que saldrían con una gran caravana con bestias cargadas de aceite de oliva, sedas y especias y ungüentos y productos de botica, tan apreciados en esos reinos. Él llevaría papel a los scriptoria de algunos conventos, aprovechando la creciente demanda. 

Le pregunté si podía viajar con ellos y me respondió sonriente que sería estupendo llevar a una escribana con ellos, ya que así podría ir redactando algunos contratos de compra y venta además de ayudarme con la contabilidad, así podría pagar mi viaje y contaría con la protección necesaria, además del buen conocimiento de las rutas.



De madrugada salimos por Bab al-Amir, Muhammad y mi pequeño Abdallah vinieron a despedirse de mí, y desearme toda la suerte del mundo. Les pedí que se cuidaran y que me tuvieran en sus oraciones. Una mezcla de tristeza y alegría me invadió cuando subí a la carreta que me indicaron. Mi aventura comenzaba. Al partir, cerré los ojos y recordé cuando, tras mi rapto, me subieron en esa otra carreta que atravesaría el desierto. Pero el aroma de la campiña cordobesa era muy diferente al de la seca arena. Sin duda sería un viaje mucho más reconfortante y deseable. En vez de abrasarme en ese desierto que me hicieron cruzar, el frescor del camino gracias a la espesa vegetación de la sierra me cautivaba, me dormí. Soñé con mi padre que escribía la Sura Luqman: «Si todos los árboles que hay sobre la Tierra se convirtieran en cálamos y el mar junto a otros siete mares se convirtieran en tinta, no bastarían para escribir las Palabras de Dios. Dios es Poderoso, Sabio».

Al despertar comencé a deshojar con mi imaginación los árboles que me rodeaban y a afilarlos tal y como lo hacía mi padre. Recordé cuando de niña le acompañaba a la orilla del Tigris y me explicaba a cortar las mejores cañas para fabricar los mejores cálamos.


Asenacio, que así se llamaba el comerciante de papel que también dirigía la caravana, se acercó con su caballo y me preguntó: 

—¿En qué piensas, escribana? Pareces estar trazando letras en el aire.

Yo sonreí y aproveché para preguntarle: 

—El papel que llevas, en al-Andalus es tan habitual que es natural que los amantes intercambien mensajes de amor escritos en pequeños billetes. Sin embargo, estos folios que venderás, ¿para qué servirán?

Asenacio, amable pero rudo, no se hubiera esperado nunca esa pregunta, la verdad es que dudó antes de responder: 

—Señora, me va a perdonar, pero es que yo de escritura sé muy poco, con los números me basta, ya que nunca me dieron esa educación. Supongo que será para los monjes, que escriben a Dios sin parar. A mí solo me piden que busque papel; antes era pergamino, pero ahora el papel está muy demandado, y el pergamino lo fabrican ellos mismos a partir de animales que crían en sus conventos.

Entonces se nos acercó un monje que también nos acompañaba y andaba atento a nuestra conversación. Se dirigió a mí:

—Señora, el papel será para escribir los comentarios del Apocalipsis de San Juan, que es la obra que más se copia ahora en los monasterios.

Yo contesté recitando:


Rebosa mi corazón palabra buena,

dirijo al rey mi canto,

mi lengua es pluma de escribiente muy diestro.



En días no volvió a decir palabra, quizás no entendiera mi pronunciación o igual ignoraba que este fuera el comienzo de uno de los Salmos, el dirigido al rey en sus bodas. Y es que aunque en mi casa se hubiera escrito el Corán dos veces, y siguiéramos sus preceptos como buenos musulmanes, yo conocía también ese otro libro sagrado al que llamaban Biblia. En realidad no eran tan diferentes, y de hecho hay muchísimas historias que son las mismas en ambos. Pero nadie nos da libertad para escoger entre uno y otro, es más, ¿por qué se ha de escoger? O peor, ¿por qué alguien escoge por nosotros a qué Dios se ha de orar?

Recuerdo que cuanto más leía en Bagdad, más dudaba de las realidades que muchos afirmaban en sus escritos, pero cuando llegó la hora de entre tanta ciencia, leer esa Biblia, comencé a cuestionarme también hasta la existencia de esos Dioses tan aparentemente diferentes, que en realidad son el mismo. También recordé que era mejor tener la boca cerrada, aunque me sintiera tan libre como era. Y qué difícil hacerlo cuando alguien tiene tanto que decir. Menos mal que el monje no quiso más conversación.



Una semana tardamos en llegar a Márida, en el camino volví a ver esas ruinas con las letras en latín que siempre me recordaban la inscripción en piedra que hizo mi padre en nuestra casa: «Lo que yo creé, sobrevivirá al tiempo». En mi mente revolotearon las letras de ambos alfabetos y encontré que el trazado de ellas correspondía a una geometría simple, la que estableció mi padre para nuestro alfabeto árabe de alguna manera debía corresponder también a ese alfabeto de los rum…, pensaba mientras bordeábamos un río que no sabía si sería el mismo que pasa por Qurtuba, seguramente no, ya que más cómoda hubiera sido la travesía en barcas que con mulas y carretas.

Asenacio se acercó diciéndome: 

—Mira esas piedras, escribana —señalando un enorme puente elevado que había en la otra margen del río—. dicen que gigantes de otros tiempos las pusieron allí.

Inmediatamente recordé las leyendas de los yinns, constructores de Tadmur.

—No fueron gigantes, Asenacio —intervine sin poder evitarlo—, fueron hombres, eso sí, de otros tiempos, pues mira cómo el agua y el viento han redondeado las piedras como si fueran de cera, y se trata de un acueducto, que es una conducción de agua, como las acequias pero en alto.

Asenacio volvió a mirarme con esa expresión suya de estar buscando con qué palabras contestarme pero gritó a la caravana: 

—¡Tomad el puente, hemos llegado!

Mientras cruzábamos un puente tan viejo como el de Qurtuba pero mucho más largo, me puse a contar los arcos, quince, dieciséis, ¡y todavía quedan todos esos? Hasta sesenta conté maravillada por ese prodigio que era la arquitectura de los rum, ya que sin duda, ellos también habrían construido éste. Esa noche nos alojamos en un funduq cercano a la qasba, descansando en el patio mientras jugaba con mis dedos en el agua como siempre, trazando letras que se desvanecían enseguida, llegó Asenacio con un trozo de papel pidiéndome que redactara un contrato para la compra de un par de mulas que yo con mucho gusto le escribí en estilo nasji. Asenacio miraba atento y con la boca abierta desde que mojaba el cálamo en la tinta hasta que lo firmé en su nombre. Una agradecida sonrisa apareció en su boca cuando se lo devolví ya completo:

—Gracias, señora. Que Dios siga guiando tu mano.


Esa noche, después de cenar algo, Asenacio me dijo que al día siguiente tomaríamos camino recto hacia la Tierra de Lión, haríamos parada en alguna otra ciudad más al norte, pero caminaríamos por el Tariq al-Balat, que era una vía que habían construido los hombres de la antigüedad. Sonrió, orgulloso de poder decir algo que yo no podría rebatirle ya

—Efectivamente Asenacio —respondí—, ese camino seguramente lo harían también los rum, pero su nombre es árabe y significa «camino empedrado».

Él contestó satisfecho y cordial: 

—Y se le conoce por su nombre en árabe, como debes saber, señora.

Al día siguiente, volví a ver otro acueducto, situado en el otro extremo de la ciudad y pensé que para los rum, el agua era de vital importancia también como lo era para los árabes.

—¿Cómo se llama ese ancho río que cruzamos ayer? —le pregunté a Asenacio.

—Wadi Yana, señora —repuso mientras sonreía— es otro río diferente a tu Wadi al-Kabir, como ya sabrás. 

—Es curioso —le aclaré—. En Bagdad, donde yo nací, a los ríos los llamamos nahr, que es el término con el que se refieren los andalusíes a los ríos del paraíso que nombra el Corán. Aquí en al-Andalus le llaman wādī, que realmente significa «valle» y no «río». 

Asenacio volvía a mirarme con los ojos descolocados, sin saber qué responder, al instante reaccionó:

—Señora, vamos a atravesar muchos «wādīs» por muchos «qanṭaras» hasta llegar a Sammura, y de nuevo sonrió. Rompimos a reír y le observé que en la lengua árabe wādī era nombre masculino mientras que qanṭara era femenino, mientras que en su lengua ambas palabras eran nombres masculinos.

—Atravesaremos muchos «wādīs» por muchas «qanṭaras», Asenacio.

Y, sin parar de reír, se adelantó a la caravana haciendo saltar su caballo mientras gritaba:

—¡Otro wādī, otra qanṭara!…



Nuestra primera parada fue en al-Husayn, donde descansamos esa noche. A la mañana siguiente cruzamos el río del mismo nombre por un puente de tres arcos, Asenacio se acercó a mí y me preguntó: 

—Señora, ¿qué es eso que escribes con tanto afán desde que salimos de ruta?

—Asenacio, es una rihla –le aclaré—, un libro de viajes, donde anoto todo lo nuevo que veo en estas tierras desconocidas que atravesamos y lo que se tarda en llegar, será un regalo que lleve de vuelta a mi hijo Abdallah, para que lea y pueda sentir lo que yo he sentido durante este viaje, y que sepas que te nombro a ti. 

Asenacio me volvió a mirar desencajado. 

—¿A mí, señora? ¡Ahora voy a figurar en los libros! ¡Pero si ni siquiera sé leer! Señora, eres muy extraña. Ninguna mujer que conozco sabe escribir, y seguro que si supieran no lo harían sobre mí —añadió, antes de romper a reír con todas sus ganas.

Me acordé entonces de cuando en mi juventud leí la Risālat Ibn Faḍlān, en la que se relata un viaje detallado desde Bagdad para visitar al rey de los eslavos, también recordé que cuanto más al norte avanzaban más frío hacía y se tuvieron que cubrir con nueve capas de ropa. Ellos recorrieron más de diez veces el trayecto que nosotros haremos y espero que no sea tan gélido el norte de esta península.



De Mārida a Qāṣriš
Cuarenta y seis millas. Cuatro jornadas.


De Mārida a al-Ḥuṣayn, doce millas.

La ciudad de Mārida con sus impresionantes construcciones se queda a nuestra espalda. Fiel a su nombre la calzada, bien empedrada, se dirige al norte en línea recta a través de la dehesa, entre encinas y alcornoques y sus milliaria, que señalan las distancias, aparecen uno tras otro. El paisaje es llano y abierto. Al atardecer llegamos a al-Ḥuṣayn, que significa el castillito, donde pasamos la noche.


De al-Ḥuṣayn a Ad Sorores, catorce millas.

El camino asciende suavemente tras cruzar Wādī al-Ḥuṣayn hasta llegar a un paso entre montañas donde Asenacio, muy orgulloso de ser conocedor de la ruta, sus lugares cercanos y su historia, me indicó que había cerca unas ruinas de un antiguo monasterio cristiano. Aquí se extiende una llanura rota por el recto camino que nos conduce a las ruinas de Ad Sorores, según Asenacio, antigua mansión de los rum que está junto al puente de cuatro arcos sobre el río Ayuela. A mitad de camino el monje que nos acompañaba me indicó que a un par de millas había una antigua iglesia cristiana que ahora estaba abandonada, yo, aunque ya lo sabía, me interesé y entablamos conversación. Esta vez atendí a sus palabras y evité citar nada de su libro sagrado.


De Ad Sorores a Nahr Sālūr, doce millas.

Continúa el camino recto a los pies de una sierra que se eleva hacia oriente hasta llegar al valle de este río cuyo nombre es tan antiguo que no se ha arabizado, y curiosamente es llamado nahr en vez de wādī . Desde allí se divisan muchas alquerías. Pasamos la noche al cruzar un viejo puente de cinco arcos.


Del Nahr Sālūr a Qāṣriš, ocho millas.

El camino sigue recto hasta la mitad cuando asciende hasta un alto donde se divisan al fondo las murallas de la ciudad de Qāṣriš, más pequeña que Mārida, a la que por fin entramos atravesando una puerta que lleva dicho nombre. Asenacio nos condujo a un funduq cercano a la mezquita aljama que regentaba un amigo suyo que nos atendió con amabilidad y esmero. Me quedé con ganas de visitar el zoco, pero la premura del trayecto lo impidió, quedaba mucho camino por delante.



De Qāṣriš a Šalamanqa
Ciento treinta y seis millas. Doce jornadas.


De Qāṣriš a al-Kasar, ocho millas.

Salimos por otra puerta de la ciudad que conducía hacia el norte, unas cuantas jornadas nos separaban de Salamanca. El camino desciende cruzando varios arroyos y finalmente nos conduce a una pequeña aldea llamada al-Kasar situada junto a una laguna donde nos alojamos esa noche. Nos cruzamos con varios rebaños de ovejas cuyos pastores nos saludaron.


De al-Kasar a al-Qunayṭira, doce millas. 

Discurrimos por un territorio más árido y el clima se tornó más caluroso. Los miliarios descendían con el camino con sus indicaciones y conmemoraciones que casi podía leer completas, hablaban de la construcción y reconstrucciones de la propia calzada. Al día siguiente cruzaremos el Wādī Tāŷūh que es otro de los grandes ríos de la Península. A partir de ahí, comienzan «las tierras de nadie», una zona de paso entre dos diferentes mundos, transitada por comerciantes, ganaderos y también por bandoleros, con los que afortunadamente no nos encontramos durante el camino. Asenacio conocía bien la ruta.


De al-Qunayṭira a la charca del Marco, doce millas. 

En este tramo toca subir cuestas interminables hasta que alcanzamos la cumbre y descendimos hasta llegar al siguiente valle. Asenacio me avisó de que tras esta bajada, ya todo serían cuestas hasta casi Salamanca. Acampamos en un lugar con muchos arroyos y pequeñas lagunas, era como si el terreno fuera una gran esponja. La noche fue fresca y agradable. Soñé con las lagunas que en realidad eran tinteros donde mi padre mojaba sus cálamos, los arroyos eran sus letras, con ese trazo tan natural que supo darles. Y yo, de niña, mojando mis manos con tinta y las mirándolas sin saber cuál de ellas usar para dejar mi huella.


De la charca del Marco a Madīna Gāliya, diez millas.

Como advirtió Asenacio, el camino ascendía en sentido inverso a las aguas de los arroyos que bajaban. Cruzamos varios de ellos y tras vadear un arroyo más que volcaba sus aguas en el  Wādī al-Alagūn, llegamos a una pequeña ciudad amurallada, donde hicimos noche por fin con más comodidad que las noches anteriores. Antes de dormir los pensamientos invadieron mi mente y me pregunté sobre el sentido de las murallas, recordando. Recordé a mi padre sonriendo mientras me enseñaba la última copia del Corán que hizo y me leía la Sura al-Kahf que habla de las murallas de Ḏū l-Qarnain y pienso, ¿de qué enemigos se protegían con estas murallas en estas tierras tan tranquilas?



Madīna Gāliya a Kābara, veintidós millas.

Un camino que acompañaba la sinusoidad del río Jerte nos condujo a través de los campos hasta una pequeña aldea donde había restos romanos y varias alhóndigas donde vendían grano y otras mercancías. Acompañé a Asenacio para comprar algunos sacos de trigo y anoté como siempre cuántos fueron y lo que costaron. Esa noche nos alojamos cómodamente y disfrutamos de una buena cena.

Al día siguiente una larga recta nos condujo a otra ciudad romana abandonada que tenía hasta sus termas. Sus ruinas son extensas, aunque no tanto como las de Tadmur. No pude evitar imaginar las razones por las que tantas civilizaciones han acabado como piedras diseminadas. Un monumental cubo con cuatro puertas se situaba justo en la mitad de la calzada, allí pude ver los restos de una inscripción que decía:


IVLIAE LVPERCI FILIAE

LVPERCAE MARCOS FIDIUS

MACER VXSORI PONI IUSSIT



Es decir, «Julia Luperca hija de Luperco, Marco Fidio Macer ordenó colocar para su esposa». Imaginé cuánto debió amar este personaje a su mujer para construirle semejante obra. Recordé entonces a Muhammad, que también demostró su amor por mí al no oponerse a mi viaje. A veces las evidencias del amor no se basan en regalos materiales, aunque es esto lo que más se valora. Tremendo error, la libertad es el más preciado de los bienes, y no interferir en los demás aunque sean personas próximas a nosotros, con vínculos familiares. Cada cual debe ser dueño de su vida y de sus decisiones y el amor consiste en apoyarlas y favorecerlas. ¡Cuánto me hubiera gustado hacer este viaje junto a mi esposo e hijo!

Esa noche, a la vista de la silueta del cuádruple arco en la noche, mi mente comenzó a multiplicar los arcos y soñé con Almanzor dentro de la Mezquita de Córdoba intentando arrancar por impuras las columnas romanas que se usaron para su primera construcción, con sus propias manos


De Kābara a al-Hammam, veintidós millas.

Seguimos el curso descendente del río Ambroz tras cruzar otro pequeño puente romano sobre sus aguas. Atravesamos de nuevo tierras de cultivo hasta comenzar un ascenso por zonas montañosas hasta llegar a  otra antigua mansión romana abandonada que también tenía sus baños, estos mayores que los anteriores de Kābara. Yo estaba totalmente asombrada por cómo se desperdiciaban los magníficos beneficios de las aguas, muchas de ellas medicinales y curativas. Sin duda estas eran las costumbres de los cristianos, durante el trayecto no hicieron mucho uso de ellas y a algunos componentes de la caravana los precedía su olor al acercarse. «Comen cerdo y huelen como cerdos», pensaba mientras echaba de menos nuestra comida y nuestro hammam del que hacíamos uso a diario.


De al-Hammam a Ad Lippos, doce millas.

El camino comenzó a ascender entre  bosques de profunda vegetación donde el aire se tornó fresco hasta que pasadas dos o tres millas llegamos a un angosto paso entre las montañas llamado Faŷŷ Bišar que nos condujo al río Hominis Corpus, que invitaba a seguir su curso tras cruzar otro puente romano. Después de una breve bajada comenzamos a ascender levemente por un camino recto donde los miliarios se sucedían. Ciento cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos y cuarenta y tres. Asenacio me contó que allí hubo otra antigua mansión llamada Ad Lippos. Paramos e hicimos noche junto a un pequeño arroyo.


De Ad Lippos, a Sentice, quince millas.

Continuamos el leve ascenso atravesando una llanura abierta con campos de cereal y pasamos junto a muchísimas pequeñas lagunas hasta la milla ciento cincuenta y nueve, Asenacio volvió a indicarme que en esa zona se halló Sentice, otra de las mansiones romanas desaparecidas. Era otro paso de montaña desde donde pudimos ver el camino por el que descenderíamos al día siguiente. Continuamos un par de millas más y volvimos a acampar junto a otro arroyo.


De Sentice a Šalamanqa, veintitrés millas.

La caravana despertó antes del alba. El camino se hizo fácil con su leve descenso salpicado de pequeñas lagunas, los campos de cultivo volvieron a aparecer. A mitad del camino llegamos un cruce de calzadas que Asenacio decía que se llamaba Siete Carreras. Esa noche nos dirigimos a una pequeña aldea llamada Muriel. Al  día siguiente, tras unas millas, la ciudad de Šalamanqa apareció ante nuestra vista.  

Para llegar cruzamos un largo puente romano aunque no hubiera sido difícil vadear el río que Asenacio me indicó que era llamado río Tormes. Nos dio la bienvenida un enorme toro de piedra situado al final del puente. Entramos por la Puerta del Río. Šalamanqa era una pequeña ciudad fronteriza amurallada que alojaba algunas iglesias que nada tienen que ver con nuestras mezquitas. Aquí ya era evidente la diferencia entre cristianos y andalusíes sobre todo por la suciedad de sus calles. Asenacio nos condujo a la casa de un amigo suyo que nos recibió con amabilidad y nos permitió descansar allí alojando los animales en un corral aledaño.



De Šalamanqa a Zamora
Cuarenta y dos millas. Cuatro jornadas.


De Šalamanqa a Izcala, veintiuna millas.

Tras despedirnos de Munio, que era como se llamaba nuestro anfitrión, nos dirigimos hacia el norte subiendo en repecho hasta cruzar el Arroyo de la Encina y entre subidas y bajadas,  también vadeamos el Arroyo de la Vega, la Rivera de Cañedo y finalmente discurriendo entre campos de cultivo llegamos a Izcala, con su arroyo y sus lagunas, donde hicimos noche y descansamos de una larga jornada.


De Izcala a Zamora, veintiuna millas.

El camino descendía hasta Zamora y se hizo cómodo y de agradable discurrir entre tierras de cultivo. Asenacio estaba feliz ya que la próxima parada sería en su propia casa. Al vadear el río Duero, Asenacio me relató con orgullo que las murallas de su ciudad eran inexpugnables y que sus paisanos consiguieron cuando él era un niño hacer huir al califa Abderramán al-Nasir tras el asalto de la ciudad. Su casa estaba junto a una tosca y vieja iglesia, la de San Salvador. Descansamos allí dos noches, ya que el siguiente día lo dedicó a visitar el mercado para intercambiar algunas mercancías de las que traía de Córdoba.



De Zamora a Tábara
Veintiseis millas. Dos jornadas.


De Zamora a Castrotorafe, catorce millas.

Esta jornada se me tornó triste. Sería la última en su grata compañía. El monje que nos acompañaba había llegado a su destino. Me deseó una buena estancia en Tábara y añadió que yo hubiera sido una buena cristiana a la vez que me entregó una carta para el Abad Dominicus, bajo cuya autoridad estaba el monasterio dúplice de San Salvador de Tábara. A Asenacio también se le notaba triste, aunque sería por otra causa, pensaba, quizás por abandonar de nuevo su casa y su familia. Creo que para ese trayecto abandonamos la antigua calzada romana, el Ṭarīq al-Balāṭ, el camino que pisábamos no era tan bueno y dificultaba nuestro discurrir por medio de los campos de cultivo. Tras unas cuantas subidas y bajadas después de un largo trecho en llano, llegamos al río Esla, donde cambiaría de compañía.



De Castrotorafe a Tábara, doce millas.

Asenacio me condujo a una fortificación cristiana donde mostré la carta de invitación que me entregó Teresa en Córdoba, y me asignaron dos soldados para que me escoltaran a Tábara y un caballo para mí. Consciente de este momento, Asenacio me enseñó a montar durante el viaje, se empeñó en que debía aprender para no ser una carga para los soldados, lo que le agradecí enormemente. Despedirme de Asenacio me entristeció y él captó enseguida mis sentimientos. Me tomó fuerte de las manos recordándome que pronto pasaría por Tábara a recogerme para regresar a Córdoba. Eché de menos su compañía.


Cruzamos el río Esla en unas barcazas que nos condujeron hacia la otra orilla tal y como se cruzaba el río Tigris cuando yo era joven. Un camino de tierra que bordeaba lo que llamaban Sierra de la Culebra nos condujo durante una jornada hasta el monasterio, donde por fin podría ver el trabajo de mi padre aunque fuera en unos fragmentos sueltos que se desperdigaron por estos reinos.


Durante todo el camino pensaba en ese momento, en cada línea del horizonte, en los perfiles de los árboles, en el serpenteo de los caminos imaginaba el cálamo de mi padre trazando con naturaleza, ese fue su secreto, observar y ser natural y sencillo. La escritura no es una competición sino un oficio en el que el autor de las letras permanecerá anónimo. La lectura de los mejores libros no debe distraer al lector con pensamientos sobre lo bonitas que son las letras o sus adornos. Nada de eso. La sencillez del trazo solo permitirá una lectura clara sin que ningún juicio sobre la letra nos haga desatender. Esa fue la maestría de mi padre y yo anhelaba enormemente volver a ver algo de lo que seguramente vi de niña, sus letras en esas páginas de uno de sus coranes. 

Comentarios

Entradas populares