El regreso
الْأَمَانُ غَفْلَةٌ، وَالدَّهْرُ حُبْلَى بِالْغِيَرِ
La paz aparente es un descuido, y el tiempo está preñado de mudanzas
Una mañana tras el desayuno escuché un grito: «¡señora escribana!». Era la voz de Asenacio sobre el ruido de las carretas y cascos de caballo. Un golpe de tristeza me invadió. Ni siquiera había pensado en que llegaría el día de nuestra despedida, y tampoco Eneka comentó nada. Éramos ya como hermanas. Pero el día llegó y la voz de Asenacio en vez de alegrarme me turbó. Traía las últimas tinajas de aceite de oliva que le quedaban por vender. Eneka entristeció.
Evité decirle que tuve un mal presagio durante esa noche. Que había soñado con el monasterio destruido y a ella desesperada intentando sacar los libros que cubrían los escombros —pliegos, cálamos y tintas— mientras los hombres a caballo pisoteaban los huertos y quemaban todo. Eran como el jinete que había pintado en una de las páginas del Beato, pero en vez de una serpiente sus lanzas derribaban los muros del monasterio. Preferí callar. Pero me vino el recuerdo de cuando la vi pintando ese jinete, se me vino a la mente ibn Abí Amir y el escalofrío de sus ascensos y le comenté riendo:
—Si lo hubieras pintado con joroba te diría quién es ese jinete.
Ella me miró interrogándome.
—Pero no es él porque él es la serpiente —añadí.
Reímos mientras le contaba alguna de sus fechorías en Córdoba.
—Dios nos guarde —suspiró Eneka.
—Fallāhu jayrun ḥāfiẓan, Dios es el mejor de los guardianes —repuse yo.
Tras un fuerte abrazo, subí a la carreta que me indicó Asenacio y con lágrimas en los ojos partí apenada mientras miraba atrás.
El traqueteo de las ruedas del carromato comenzó a marcar el ritmo de la distancia y la música invadió mi mente ayudándome a disipar la tristeza.
Muchas noches, había observado las estrellas junto a Asenacio. Desde la primavera, Júpiter estuvo junto al corazón del escorpión, Antares. Los antiguos astrónomos relacionaban la estrella fija, Júpiter, con la expansión y la realeza, mientras Antares era señal de ambición a gran escala y éxito a través del conflicto. Y realmente el presagio se había cumplido ya, esa misma primavera comenzó una gran batalla que duró tres meses. En la defensa de estas fronteras los cristianos fueron masacrados en Gormaz.
Al año de mi regreso murió el califa al-Hakam. La noticia de su muerte se hizo esperar. Yafar al-Mushafi junto al nocivamente ambicioso ibn Abí Amir urdieron un malévolo plan para propiciar la sucesión de su hijo el pequeño Hisham, que contaba solo con once años. Los poderosos eunucos preferían que al-Mugira, hermano de al-Hakam, que tenía veintisiete años, le sucediera. Esa misma noche ibn Abí Amir estranguló a al-Mugira en su propia casa y lo colgó para que pareciera un pertinente suicidio. Despejadas las posibles opciones para la sucesión, el funeral continuó con la presentación de Hisham por parte del visir al-Mushafi. Ya nada sería igual. Se comenzó a perseguir la libertad de pensamiento, se purgaron bibliotecas y se buscó la aprobación de los alfaquíes. La filosofía y ciencias que al-Hakam promovía casi pasaron a ser delito y se produjo un triste silencio intelectual. La corte dejó de ser espejo de mecenazgo y se produjo una masiva fuga de talentos tanto al Magreb como a los reinos cristianos. Las escuelas que fundó el sabio califa pasaron a ser centros de enseñanza del pensamiento único y Qurtuba dejó de sonreír.
Pasados unos años, cierta tarde llego Muhammad a casa muy perturbado. Me explicó que hubo una conspiración para deponer al califa Hisham y entronizar a otro descendiente omeya, Abderramán ibn Ubayd Allah. Fracasada la trama habían ejecutado a algunos de los instigadores y ordenado el destierro de al-Ramadí, que siempre andaba en busca de problemas con su poesía. A los pocos días nos enteramos de que le habían perdonado y podría permanecer en la ciudad pero con la orden de que nadie le hablara. Así se estuvo pregonando por zocos, calles y plazas.
Pero lo peor ocurrió unos meses más tarde. El gran acto de censura política. Purgó todo estante que contuviera libros, primero los de al-Ramadí y los demás conspiradores que crucificó. Ante esta noticia pedí a Muhammad que tapara con ladrillo una gran alacena en la que había guardado casi todos los libros que teníamos. Dejé fuera un Corán y algunos otros libros que seguro que no correrían peligro y hojas sueltas con poesías de Muhammad de las que no eran comprometidas. Afortunadamente, aunque conocía bien a ibn Abí Amir, y sabía que no era de su gusto, él ignoraba lo que nosotros podíamos tener en casa. Es más, creo que mantener mi boca cerrada con él afianzó la idea que tenía acerca de mí: una simple escribana con una bella letra que ni siquiera sabe entender lo que copia, una de tantas. Yo prefería que tuviera esa idea de mí. La vida me enseñó que a veces es mejor parecer ignorante que ir pavoneándose de los conocimientos que una pueda tener. Mi boca cerrada ha mantenido mi cabeza sobre mis hombros, y sobre todo, mis dedos en mi mano. Ibn Abí Amir, aunque era un descarado depredador de mujeres, siempre mantuvo una visible de lejanía conmigo, quizás por haberle acusado del robo de papel de mi escribanía. Pero yo sabía que envidiaba mi letra, la letra de mi padre, ya que nunca pudo ni siquiera imitarla. Por más interés que tuve, jamás pude ver ese Corán del que se vanagloriaba estar copiando fielmente con su propia letra.
He visto en mi vida tantas personas vanagloriándose por nada, alardeando de sus nimiedades y creyéndose el centro del universo, cuando su propia existencia se remite a respirar y alimentarse sin aportar nada positivo ni transcendente. Y lo peor es que los he visto ganar batallas, cortar manos, privar a otros de su libertad, quemar libros… Vivimos en la oscuridad de la ignorancia y se teme la luz del conocimiento.
Una noche el cielo se volvió claro, palabras y letras sueltas y encendidas flotaban en el aire y se dispersaban por toda la medina. La enorme columna de humo procedía de los patios del Alcázar que se iluminaba de rojo por las llamas. Corrí para asistir al más terrible suceso que pudiera haber imaginado. Por una de las puertas pude ver al propio ibn Abí Amir quemando con sus propias manos un puñado de libros mientras sus sirvientes y alfaquíes arrojaban carretas de libros y prendían fuego a una y otra pira. El aire se volvió asfixiante, ardía el papel, ardía el pergamino, ardía el cuero y las finas telas que encuadernaban la sabiduría. Ardía todo como deseaba que ardieran sus almas. Las cenizas se amontonaban por las calles y tejados. Mis lágrimas eran tantas que hubiera podido apagar los fuegos con ellas.
Paralizada ante el penoso espectáculo pensé en Eneka Dextre, y temí por ella. Le escribiría alertándola y recordé mi presagio la noche antes de salir de Tábara. Yo sabía que ibn Abí Amir había estado ya cerca de Shalamanqa arrasando al-Hammam y sus campos y regresó a Qurtuba con un cuantioso botín y más de dos mil cautivos cristianos. Le faltó poco para hacerse también con los ejércitos. Pensé también en Asenacio. Recé por ambos. Llegó Muhammad y me pidió que regresara a casa con él. No pude dormir nada esa noche, me mantenían despierta los lomos de tantos libros que ya nunca serían sacados de un estante por ninguna mano para maravillarse con los contenidos que atesoraban.
Ibn Abí Amir, comenzó a construirse su propia ciudad palatina. Madinat al-Zahira la llamó, ¡este ibn Abí Amir ascendía a través de una escalera cuyos peldaños eran las cabezas de quienes podían hacerle sombra! La ciudad del envidioso jorobado pensaba yo. Las obras acabaron a los pocos años. Saltando la medina al otro extremo estaba el califa Hisham encerrado con llaves de oro en su palacio de Madinat al-Zahra. Ya se cuido bien ibn Abí Amir de mantenerlo ocupado con todos los vicios y mujeres de su harén. No le dejó hacer otra cosa mientras su madre, Subh, utilizada e igualmente enjaulada, era cada vez más consciente de lo que permitió, si no propició, que su amado hiciera.
Al tiempo, y como temía, Muhammad fue detenido y encarcelado. Acusado de pertenecer a un grupo de masarríes fue trasladado a la cárcel de Madinat al-Zahra. Un nuevo vuelco en mi vida. Mi padre, mi esposo, los barrotes, los cálamos… Temí por sus manos, y temí por su lengua. Y a la vez temía por mí y por nuestro hijo Abdallah.
«El victorioso» se había convertido en un personaje temido por todos. Alguien despreciable cuya ambición era insaciable. Un azote para los cristianos, que temían esas incursiones suyas que dejaban un rastro de destrucción. Pero más daño hacía en la propia Córdoba y en el califato.
Afortunadamente los versos que dirigió Muhammad a ibn Abí Amir permitieron su liberación y mi abrazo.
He implorado hasta agotárseme la paciencia.
¿No oyes mi súplica, rey benévolo?
¡Señor mío, señor mío!, ¿es que no hay afecto
que aparte de mí este doloroso tormento?
Si profesara lo que me atribuyen,
deja que me juzgue el Misericordioso,
pues Él tiene un infierno abrasador
y un paraíso reconfortante.
Cuando al fin llego a casa estaba completamente destrozado y muy delgado, sin fuerza alguna, la tristeza se había adueñado de sus ojos. Ni siquiera quiso comer, bebió agua y se echó a dormir. Durante la noche me despertaron sus gritos. Muhammad continuaba dormido pero no paraba de mover las manos y de hablar en voz alta. No reconocía sus palabras pero era evidente que algo le atormentaba.
Al otro día me dio detalles de la cárcel donde estuvo preso, de las celdas, de la oscuridad y humedad que había en ese subterráneo, que era casi total, y que la única luz que había es la que iluminaba con su aliento al repetir mi nombre. Y sobre todo, de las ratas que le obligaban a mantenerse despierto para evitar le mordieran pies y manos.
—Cuánto debió sufrir tu padre encerrado en esas mazmorras de Bagdad —repetía.
Volvió a echarse a dormir y así pasó casi toda la semana. No quiso recibir ninguna visita ni quiso hablar más, solo dormía, aunque poco a poco iba comiendo algo más cada día. Yo era incapaz de comprender lo que decía durante esos sueños inquietos que le invadían. Solo a veces entendía mi nombre, Nur, suave entre gemidos y manotazos.
Lo primero que recuperó fue su sonrisa, aunque sus ojos no la reflejaban, quizás fue ese su primer esfuerzo para recuperar el resto de su vida, que tantas veces pensó que ya solo sería la oscuridad de la cárcel a donde le condujo ibn Abí Amir por acusaciones falsas. ¿Cómo era posible que un hombre que tanto había amado las letras fuera ahora enemigo de las palabras?
Decidí quemar los harapos que trajo puestos y encontré un trozo de papel sucio. Al desdoblarlo encontré un poema que me desconcertó. Era la letra de Muhammad, pero en sus palabras había un eco de felicidad. ¿Realmente pudo estar tan feliz de su reclusión? O quizás ¿tuvo arrebatos de locura al verse en esa situación y creer que no había más esperanza para él?
Vine a ser en la cárcel amigo del hijo de Jacob
y esto me parece mentira.
Mis enemigos me castigaron, sin darse cuenta
de que lo que hacían era lo contrario a un castigo.
No sabían –¡gentes sin padre!– que era el colmo
de mis anhelos y mis esperanzas.
Cuando despertó, muy inquieta le pregunté:
—¿De verdad pudiste estar tan feliz en la cárcel, mientras yo estaba muerta de miedo y temiendo por tu vida?
Muhammad agachó la cabeza mientras decía:
—Nur, he de confesarte algo. No sé cómo pudo ocurrir —continuó—, pero cuando estaba preso y daba todo por perdido, conocí a alguien que llegó a obsesionarme. Sentí en él una luz entre tanta oscuridad. Encerraron en mi misma celda a un joven noble que decía ser biznieto de Abderramán al-Nasir. Estaba en prisión por haber matado a su padre. Tenía la misma edad que nuestro hijo Abdallah.
Abu Abd al-Malik Marwan fue criado por una esclava de la que acabó enamorándose, pero su padre cierto día la reservó para él y esto provocó unos terribles celos en el joven. Finalmente, tomó su espada y en presencia de la esclava mató a su padre. Fue detenido y encarcelado por orden de ibn Abí Amir. Recostado sobre la pared escribía sin parar, lo que llamó la atención de Muhammad. Era poeta y estos eran algunos de sus versos:
Es un aposento lóbrego y oscuro como la noche
sombrío en los contornos, del todo tenebroso.
De tan negro, mientras la blanca al-Zahra brilla en torno suyo
parece la tinta encerrada en un tintero de marfil.
Me contó que era muy bello, que su rostro era lo único agradable en ese oscuro pozo al que les habían condenado, y que sus sentimientos hacia él fueron cambiando poco a poco, desde la compasión al deseo, y que también de su cálamo surgieron versos amorosos dedicados a él.
Su rostro es como la luna y aparece,
en el brillo de su cara, una línea oscura de algalia.
Nos muestra rosarios de oro en sus aladares,
del color dorado de la tarde.
Sus mejillas son rojas, hasta el punto de que
creerías que las hirieron mis miradas.
Sus ojos contienen un vino que nadie
consigue escapar a su embriaguez.
Yo apreté los dientes durante un momento, como solía hacer cuando prefería no hablar, y le respondí:
—Ya me hubiera gustado que esos versos me los hubieras dedicado a mí, querido Muhammad.
El don de la poesía no me fue dado —continué—, pero sí comprendo que las palabras enamoren, al igual que los rostros. Lo comprendo desde el origen físico de las palabras, las letras, y el cálamo que las traza. Y también comprendo, como tú, Muhammad, que quien traza o recita llegue a enamorar a quien lee o escucha. Al igual que pueden enamorar unas cuantas notas tañidas con el laúd. Y que aunque el sentimiento de amor según quien lo entienda, pueda ser más o menos concreto y diverso, es mejor que ocupe nuestro corazón y no permita el paso al odio o la envidia, sean cuales sean tus vivencias. Nada es justificable para que los corazones se vacíen de amor.
Me contabas que te enamoraste de mis manos, yo lo hice primero de tu mirada, pero también luego de las tuyas.
Te comprendo, querido Muhammad y agradezco tu confianza, mas ahora seré yo quien confiese sentimientos cercanos a los tuyos, de los que creo que no tenemos ni que avergonzarnos ni mucho menos afligirnos.
La mirada de Eneka y también sus manos, también me enamoraron. Fue un sentimiento que me invadió desde que llegué a Tábara, y no me atreví a descubrir si era recíproco, quizás porque el amor que te tengo mantiene mi corazón tan lleno que apenas puede alojar más amor, y te añoraba tanto.
Sabes bien que prefiero callar y esta vez, aunque me sentía libre por primera vez, y dueña de mi libertad, preferí hacerlo de nuevo, aunque mi corazón me dijera lo contrario. Al menos sí que pude hablar con libertad de tantas cosas que en otros contextos hubiera preferido callar. Tampoco sé si fue el miedo a no ser correspondida en tan delicado sentimiento. Al menos tú, esposo mío, fuiste libre de cantar con tus versos tus sentimientos aunque vivieras luego el rechazo, ¿que fue?, ¿Un capricho?, ¿la soledad o la desesperación de sentir la proximidad de la muerte?
En ese momento llegó nuestro hijo Abdallah, que se había convertido en un apuesto joven tan bello como su padre en su juventud. Como siempre, me alzó en sus brazos y no dejaba de besarme.
—Madre, qué felicidad verte de nuevo —exclamó, y luego se dirigió a su padre, quien lo abrazó y lo alzó, feliz por su regreso.
Abdallah había completado sus estudios de ciencias y portaba orgulloso su iyaza. Para él los designios fueron otros. Ni quiso ser poeta ni cantor ni músico, y ni siquiera tenía buena letra.
Yo, quizás como mi pobre madre, lo que realmente deseaba es que por fin se casara y que me diera nietos.
Hace cinco años que no recibo carta de Eneka y ya, mis esperanzas se vuelven turbias como la tinta negra.
Hace cinco años que como tantas veces, ibn Abí Amir regresó triunfante de su campaña, esta vez en la Tierra de Lión, donde arrasó todo a su paso hasta que se detuvo en la tumba de Santiago donde algo le hizo parar, quizás al tratarse de un hombre santo que según tradición, acompañó al mesías de los cristianos. Pero robó las campanas de su templo y transportadas por cientos de prisioneros las llevó hasta Córdoba. Hace cinco años que cada vez que cierro los ojos aparecen los libros de Eneka en llamas. Hace cinco años que no quiero más noticias, cinco.
أنا نور ابنة بن مقلة وعمري خمسة وستون سنة
Soy Nur ibnat ibn Muqla y tengo sesenta y cinco años.
Traducción de los poemas:
Emilio García Gómez, Cinco poetas musulmanes.
Soledad Gibert, Poetas árabes de Almería.












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