Qurtuba


نُورٌ عَلَى نُورٍ، وَالْبَحْرُ خَلْفِي وَالْمَدَى أَمَامِي

Luz sobre luz; el mar queda a mi espalda y el horizonte ante mí


Muhammad soñaba con llevar su poesía a la corte de Abderramán al-Nasir, yo soñaba con él. Aunque soñaba también con los cálamos. Así pues, decidimos irnos a la capital del califato. Qurtuba era casi tan grande como Bagdad y también tenía su río Wadi al-Kabir, el río grande. Allí volví a ver inscripciones en piedra similares a las que había visto a mi paso por las ruinas de Tadmur. Es sorprendente que en lugares tan alejados haya vestigios de esa lengua del los rum, que también dio su nombre a ese mar que crucé. ¿Tanta extensión ocupó esa civilización perdida?

Qurtuba era una ciudad limpia y ordenada, en eso sacaba ventaja a Bagdad. Entramos por el único puente que comunica con la otra orilla del río y que llaman al-Yisr, que tiene dieciséis arcos. Me llamó la atención de que hubiera que pagar un peaje por atravesar el puente, al igual que en Bagdad, pero allí, el río se cruzaba con barcas, lo que implicaba tanto esfuerzo como inversión. Aquí el puente no solo es sólido y no necesita a nadie, sino que fue construido hace ya muchos siglos, seguramente por esa misma civilización cuyas ruinas están plagadas de esas extrañas inscripciones que ya tengo deseos de conocer.



A los pocos meses de nuestra llegada nació nuestro hijo Abdallah y tuve que interrumpir temporalmente los arreglos que hacía en la escribanía que había abierto en un local frente al Alcázar Califal, junto a la Mezquita Mayor. Aunque hubiera sido más lógico abrirlo en el zoco al-Warraqín, el de los libreros y escribanos, pensé que ese otro lugar sería más propicio para redactar documentos, contratos o súplicas que se dirigirían a la administración. Y así fue, mi mano izquierda no tardó mucho en volver a darme los mismos beneficios que obtenía en la biblioteca de la Casa de la sabiduría, aunque siempre en privado. Si tenía que escribir algo delante de alguien, siempre usaba la derecha. Mi zurdez seguía siendo mi secreto.



Mi vida en Córdoba transcurría feliz, jamás pude imaginar cuando fui raptada que el destino me iba a deparar tanta paz y amor de parte de Muhammad y Abdallah. Nuestra casa estaba cerca de Bab al-Attarin, la Puerta de los Perfumeros, y tenía un patio lleno de jazmines cuyo aroma se entrelazaba con las notas de mi laúd durante las noches. Allí acudían algunas niñas para seguir mis enseñanzas tanto del cálamo como del laúd. Es sorprendente que tanto maderas como cañas permitan que afloren nuestras artes.




En esa época conocí a alguien que sería clave en mi vida. Paseando por el camino de Madinat al-Zahra había un gran alboroto. Alguien estaba literalmente siendo arrastrado por unos cuantos siervos, no podía andar más por su extremada obesidad y pedía que le dejaran descansar un poco. Yo llevaba en las manos unas ramitas de romero que había ido arrancando. Una de las mujeres que le acompañaba me había visto en mi escribanía mientras visitaba los puestos en las inmediaciones del Alcázar. 

—¿Tú eres la escribana? —me preguntó—. Paseando por el alcázar, pude ver tus trabajos y me parecen una maravilla—. 

—Gracias señora —respondí con humildad—, trabajo dignamente y Dios guía mi mano. 

Nos dejamos llevar un rato por la conversación y me contó que tenía en su país una amiga que trabajaba con libros como yo, pero que además de escribir textos, los iluminaba. A mí me vinieron en seguida las imágenes del Kitāb al-Ḥayawān de al-Jahiz, o el libro de Kalila wa-Dimna, donde también había multitud de animales dibujados. Le hablé de esos libros y de mi trabajo en Bagdad y agradecida afirmó que volvería a visitarme porque pasarían una temporada en Qurtuba ya que su marido Sancho estaba siendo curado de su obesidad por los médicos del califa, que era pariente suyo. Ella se llamaba Teresa Ansúrez y aunque no me lo dijo, había sido reina.



La siguiente vez que la vi fue en mi escribanía, hablamos divertidamente durante un buen rato y me comentó algo que me inquietó bastante, que su amiga Eneka Dextre tenía algunas páginas de un Corán que encontraron tras la batalla de Simancas y que el rey Ramiro regaló a su hija Elvira Ramírez, su cuñada, quien lo descuadernó y repartió en fragmentos.

Enseguida se me vino mi padre a la mente. Él había copiado el Corán dos veces. ¿Y si fuera ese uno de los suyos? Sin duda un califa omeya hubiera merecido un libro así. La idea comenzó a obsesionarme.

Mostré tanto interés en lo que me decía que me invitó a ir, cuando quisiera, a Tábara, donde trabajaba Eneka. Le prometí que lo haría en cuanto mi hijo fuera un poco mayor; ella me escribió de su puño y letra un salvoconducto para que viajara sin problemas, además de entregarme unas cuantas monedas para mis gastos durante el camino. A cambio, yo le regalé una cajita de ébano donde guardaba algunas tintas y plumas de cuervo, obsequio que aceptó profundamente agradecida.

—Prometido queda Teresa, nos volveremos a ver.

—Gracias, querida Nur, que todo te sea propicio — añadió conmovida.


Justo al lado de mi escribanía abrieron otra y casualmente habían entrado a robar en la mía. Se habían llevado parte del papel que traje de al-Mariya. Muhammad lo había comprado en el mismo zoco donde me compró a mí su padre. Yo lo reservaba y guardaba celosamente para lujosos escritos. El papel era muy preciado en al-Andalus pero su uso no estaba tan generalizado como en Bagdad, donde lo utilizaba a diario. Se fabricaba con lino y viejos tejidos. En Qurtuba se escribía todavía en pergaminos, y se usaba poco el papel, lo usaba el califa para sus cartas diplomáticas y se empezaba a utilizar para copiar libros científicos, como tantos que había copiado en Bagdad durante mi juventud. El uso del papel era uno de mis distintivos y lo que me hizo exclusiva como escribana. Pero este nuevo vecino me robó un buen manojo de pliegos.



Una mañana se presentó: 

—Mi nombre es Muhammad ibn Abí Amir de la estirpe de los Maafiries de Algeciras y vine a esta bendita medina a completar mis estudios y a servir como escribano. Que Dios guíe vuestra mano con excelencia.

Su mirada me recordó la de los marineros del barco durante la travesía, pero su gesto cambió cuando escuchó balbucear a mi hijo Abdallah desde la trastienda.

—O sea que ¿tú también eres escribano? —pregunté.

—Así es señora, pero me han dicho que su destreza con el cálamo no tiene igual, que domina todos los estilos e incluso los inventa. Con seguridad que podría enseñarme algún estilo nuevo para mí.

—Yo no soy maestra —respondí— sino una simple escribana, a mí nadie me enseñó y por tanto no estoy capacitada para enseñar. El único consejo que te puedo dar es que observes la naturaleza y esta llegará a tu línea.

Él sonreía con desprecio asintiendo e incomodándome. Entonces le pregunté contrariada: 

—¿No habrás sido tú quien me ha robado mis hojas de papel?

Enrojeció y se delató, sin duda había sido él, pero en vez de confesar, sonrió de nuevo y no contestó. Sus gestos no dejaron duda de que había sido él.



Así le conocí, era jorobado pero muy guapo, con unos ojos negros cautivadores, pero con la mirada sucia. Sin duda estaba lleno de ambición y lo único que deseaba era aprovecharse de las situaciones y sacar el máximo beneficio de todo. Así le conocí, ibn Abí Amir, el futuro Almanzor.

Su escritura era seria y tosca, reflejo de su alma, y los rabillos de sus ojos se le salían siempre que entregaba yo algún trabajo a mis clientes. Aunque tenía buena letra, poco a poco iba perfeccionándola al copiarme, y a mí me interesaba también su evolución, copiar no es malo, así es como se aprende, copiar es un modo de encontrar caminos a transitar, copiar es un modo de configurar tus propios estilos, pero el suyo no era más que uno, serio, formal y muy aburrido. Pero indudablemente tenía un inmenso afán de mejorar.

Poco a poco perfeccioné la lengua bárbara que llamábamos ayamiyya y aprendí sus letras sueltas que procedían del latini y así pude también comprender lo que estaba escrito en piedra. Me venía bien dominar esa otra lengua ya que a veces algunos cristianos me solicitaban documentos para escribir en árabe y yo tenía que traducir previamente. Así me iba dando cuenta de que debía haber alguna relación entre los sonidos de esa lengua y esas letras estaban grabadas en las ruinas de Tadmur y los vestigios de Qurtuba y la ayamiyya. Quizás olvidaron su forma de escribir para tomar la nuestra. O quizás se les obligó a olvidarla.



El primer funeral al que fui en Qurtuba fue el de Abderramán al-Nasir, que falleció justo el día que cumplía cincuenta años de reinado, y antes de morir escribió: «he contado minuciosamente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado en mi vida: suman exactamente catorce… y no seguidos. ¡Oh hombre! No pongas tu confianza en este mundo terrenal». 

Para mí ese funeral fue un choque tremendo ya que la costumbre en Bagdad es que el luto fuera completamente de negro, sin embargo aquí es al contrario, para el luto se utiliza el impoluto color blanco. ¡Cuántas diferencias tenemos los humanos siendo tan similares entre nosotros!

Ibn Abu Amir no tardó mucho en ascender el primer escalón, de la oficina junto a la mía pasó directamente a la corte de al-Hakam al-Mustansir, que había sucedido a su padre Abderramán al-Nasir. Me libré de un incómodo vecino, aunque no dejé de verlo, puesto que vigilaba curioso mi puesto, seguramente para tratar de robarme algún trazo. El gran visir al-Mushafi se había fijado en él y lo nombró administrador de los bienes de su esposa favorita, Subh, quien catapultó de su enorme ambición consiguiendo que llegara a ser director de la Ceca, que era donde se acuñaba la moneda, y administrador del tesoro real. Casi nada, y todo en un salto. No llego a entender que Subh pudiera llegar a confiar en él y hasta enamorarse de semejante personaje.



Yo también trabajé para al-Hakam y llegó la hora de cerrar mi escribanía, ahora trabajaría en su biblioteca, junto a una magnífica calígrafa, Lubna, que se ocupaba de la catalogación de sus libros. 

Se rumoreaba que Lubna era en realidad hija del califa.  Por eso tenía al-Hakam tanta confianza para delegar en ella todos los asuntos concernientes a su gran biblioteca, que no era la única de Córdoba, ya que había más de medio centenar.

Era hija de una esclava cristiana que nació en el harén de Madinat al-Zahra. Su caligrafía era la mejor que había visto desde que llegué a al-Andalus, tenía un estilo exquisito y proporcionado. Como era de esperar, cuando le dije mi nombre supo de quién era hija pues conocía perfectamente la vida de mi padre y sobre todo sus enseñanzas, las cuales tuvo la ocasión de estudiar en un manuscrito que pudo ver en una de sus estancias en Oriente donde mi padre explicaba sus cánones.

Humilde ante tanta sabiduría que albergaba me pidió que le enseñara más. Yo no hubiera sabido como complacerla puesto que su línea no necesitaba más. Tenía justo lo necesario, un trazo donde nada falta ni nada sobra.


El califa estaba recopilando una vasta colección y se hacía con todo escrito o libro que caía en sus manos, a la vez que enviaba embajadas a los países del Magreb y de Oriente en busca de todo manuscrito que pudieran conseguir. Era un califa que prefería el cálamo a la espada. Supo mantener al-Andalus en una relativa calma mientras gobernó. Pero no todo fue perfecto con al-Hakam, no recibía muy bien las críticas. Ya años antes había encarcelado al poeta Ibn Faray por unas sátiras que le dedicó y que no fueron de su agrado. 



Algunos poetas resultan incómodos. Son apreciados cuando dedican sus panegíricos a quien desea escuchar otra visión mejor de sí mismo, pero sus críticas a veces hieren tanto como las espadas del poder. Más corta un verso que el mejor de los aceros. Una noche nos visitó el poeta al-Ramadí, contándonos que habían encarcelado a un grupo de poetas por versificar mofándose del califa, él era uno de ellos y había conseguido huir pero le andaban buscando y quería entregarse por evitar males mayores.

Gracias a Lubna y a unos emisarios que se dirigían a Bagdad en busca de más libros, conseguí por fin hacerle llegar una carta a mi madre, con la esperanza de que siguiera con vida, como resultó.

Al regreso de la comitiva me trajeron noticia de que leyó mi carta con lágrimas en sus ojos y una sonrisa de satisfacción. Su angustia cesó al saberme viva y se tornó en felicidad cuando además supo que tenía un nieto. Me envió de regreso una larga carta, unos cuantos cálamos de mi padre y unos pocos cuadernos con los dibujos de los que yo hacía cuando era niña.

Mi emoción fue tremenda cuando los abrí para ver sus páginas. Y me sumergí de nuevo en los recuerdos de mi niñez, de mis padres, mis hermanos, tías y primas. De tanto como había dejado atrás en Bagdad, anhelos, deseos, y esa vida sencilla de copista en la Casa de la sabiduría con la que me realizaba y disfrutaba de verdad.

Mostré mis dibujos a mi hijo mientras estaba con unos vecinos de su edad, e inmediatamente pasó el cuaderno a otro  chaval quien sí mostró algo de interés y pasó las páginas hasta llegar a un león imaginado que yo había dibujado junto a la constelación de su nombre, al-Asad, con su estrella principal, Qalb al-Asad, el corazón del león iluminada con brillantes colores.

La melancolía me invadió, las ansias de poder y el descaro de mi antiguo vecino escribano, me restaban energía. La idea de que uno de los coranes de mi padre estuviera desperdigado por tierras cristianas me descomponía. Y las persecuciones de los poetas por contar lo que de verdad sentían me angustiaban y llegué a temer también por mi querido Muhammad. Pese a eso, la obsesión por esas hojas del Corán crecía en mí, y me dije que era hora de ir a buscar las huellas de mi padre.

Encontraré su Corán.

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