Eneka Dextre


الْمَاءُ وَاحِدٌ، لَكِنَّ السَّوَاقِيَ شَتَّى

El agua es una, pero los cauces son diversos


Un estruendo de campanas comenzó a sonar, uno de los soldados me indicó que era un toque de rebato y que seguro que era para recibirnos aunque también servía como advertencia de peligro. Cuando llegamos varios monjes y una mujer nos esperaban. Ella sonreía muy nerviosa y al acercarme me preguntó:

—Tú debes ser Nur ¿es así?

—Sí, Eneka,  —contesté sonriendo—, ansiaba conocerte. A la noche de cada jornada de viaje imaginaba tu rostro, y ahora que estoy ante ti, veo que tanta belleza era imposible de imaginar. Ojalá que la nobleza de tu interior se le pueda equiparar. Me alegro por fin de haber llegado a una de las casas de tu Dios, agradezco esta bienvenida tan sonora y os agradezco vuestra hospitalidad.

Me invitó a pasar a la que sería mi celda y me dejó descansar un rato. Al rato regresó con unos higos secos y unas manzanas asadas. 

—Me temo, Nur —advirtió—, que lo que aquí comemos es muy diferente a vuestra comida. Y lo sé por Teresa, que me ha hablado innumerables veces sobre vuestros platos con tanto detalle que se nos hacía la boca agua al imaginarlos. Creo que ahora tendré la ocasión de probar algunos, si es que te apetece usar nuestra cocina. 

—Encantada lo haré, Eneka, será un placer. Si todo es como dices, va a ser la única forma de sobrevivir —le respondí con una sonrisa, a lo que ella contestó con una carcajada. 

—No temas, aclaró, que no es para tanto, solo que será complicado complacerte ya que como debes saber, el cerdo es fundamental en nuestra cocina, es que hasta usamos su manteca para freír nuestros dulces y creo que tu religión lo prohíbe. ¿Es así?

—Ciertamente —repuse— y yo sigo los preceptos del Corán, como buena musulmana, pero Dios nos dejó multitud de alimentos y en Córdoba tenemos una tradición culinaria excepcional, y ¿sabes una cosa? —Eneka, atenta a mis palabras asintió sonriendo. 

—Hubo una vez un gran músico que había nacido en Bagdad, mi tierra natal y por cuestiones que si quieres otro día te cuento, tuvo que huir de allí porque su vida corría peligro. Se llamaba Ziryab, el mirlo, porque era de piel negra y cantaba maravillosamente. Dicen que se sabía más de dos mil canciones. 

—Pues Ziryab —continué—, aparte de su música trajo una nueva forma de comer a al-Andalus que se convirtió en habitual, además del consumo de muchos alimentos que crecían libremente en los campos y no se cosechaban, como los espárragos. 

—¿Y hacía dulces? —quiso saber Eneka.

Yo reí y contesté:

—Pues no sé si los hacía él o sus sirvientes, pero las recetas las trajo de mi tierra. Pero allí usamos azúcar en vez de miel. Suerte que yo conocía de oídos vuestras carencias y salí de viaje bien aprovisionada —añadí amablemente mientras abría uno de los atillos que había traído. 

—¡Lapislázuli! ¡No me lo puedo creer!, ¿es para mí? —se inclinó y besó mis manos. Gracias, Nur. Cualquier mujer desearía un collar de cuentas de vidrio, pero para mí esta es la mejor joya, cuya merma al usarla acrecentará mi agradecimiento y tus recuerdos.

—Y para que lo uses te traje también estos pinceles de Oriente —dije. 

Cuando Eneka los tomó en su mano acariciando las delicadas plumas de ánade que acababan en un finísimo mechón imaginó la limpieza que podría alcanzar su trazo con ellos. 

—¿Los usas en tu trabajo? —preguntó.

Respondí que no tanto como yo quisiera.

—En nuestra cultura las figuraciones no son algo habitual —le expliqué—. Las hay, pero no se demandan. Yo suelo trabajar con textos y alguna ornamentación, sobre todo en los encabezados y colofones. De niña, en mi ciudad natal no perdía la ocasión de dibujar todo lo que se me pusiera a la vista. Son esas ocasiones donde la inocencia está reñida con las prohibiciones y damos rienda suelta a lo que queremos.

—Ansío enseñarte mi trabajo, Nur; quiero conocer tu opinión —propuso Eneka entusiasmada. Y deseo también ver el tuyo. Aunque primero me gustaría mostrarte lo que motivó tu viaje. Esas hojas de tu libro sagrado que encontró el Rey Ramiro tras la batalla de Simancas. Vayamos a mi celda. 

—Teresa me contó que Elvira Ramírez descuadernó el Corán para regalar sus hojas. ¿Sabes si se conserva alguna más? —pregunté.

—Me temo, Nur, que muchas de esas hojas no han tenido buen fin. Son pocas personas en nuestros reinos las que son capaces de valorar un tesoro como ese, aun sin entender lo que dicen, el trazo de sus palabras es algo que ofrece paz con tan solo contemplarlo.

Los pasillos del convento eran fríos y oscuros. Solo piedra y ninguna decoración. Qué distintos a las construcciones de al-Andalus que más que invadidas, a veces eran castigadas por la luz y cada cual competía con las demás con sus ornamentos, arcos, columnas… Ya en su celda sacó una carpeta de cuero donde guardaba algunos folios. Y sacó la hoja de un Corán. El mundo se hundió a mis pies. 

—¿Es tu lengua, Nur? —quiso saber.  Yo muy desanimada contesté que sí, y leí: «el sediento cree que es agua hasta que al llegar a él no encuentra nada», y ya de memoria proseguí: «pero sí encontrará a Allah junto a él, que le retribuirá la cuenta que le corresponda. Allah es rápido en llevar la cuenta». 

—Noto por tu mirada que no es lo que esperabas, querida Nur —señaló Eneka. 

Yo perseguía un espejismo que se desvaneció de inmediato y de pronto me sentí triste, lejos de mi familia y mucho más lejos de mis orígenes y recuerdos, buscaba algo que en realidad ya estaba dentro de mí, buscaba el recuerdo físico de mi padre cuando ya tenía en mi corazón y en mi alma tanto suyo. 

—No es nada, Eneka, disculpa —confesé—, y te agradezco que atesores celosamente este fragmento de una sura que precisamente lleva mi nombre. En realidad yo vine en busca de una ilusión, mi padre fue un gran calígrafo en Bagdad, el de más fama, y fue visir también hasta que la desgracia cayó sobre él. Al contarme Teresa sobre los fragmentos de ese Corán supuse que podía ser el que Abderramán al-Nasir, el adversario de su padre, abandonó en su huida. Pensé que quizás el califa podía tener uno de los ejemplares que escribió mi padre. Pero no lo es. Y hasta dudo que esta página perteneciera a su libro. No es que sea precisamente una maravilla y seguro que debió pertenecer a otra persona en vez de al califa. Ese fue el principal motivo de mi viaje, pero no me arrepiento, encontrarte a ti es más que encontrar un tesoro.



El oropimente estaba ya en su mortero esperando la presión de la maja. Eneka dudaba que pudiera mejorar el amarillo que ella fabricaba con azafrán y jugos de plantas. Pero no solo era el amarillo, el rojo del rejalgar y la malaquita verde al mezclarse con la goma arábiga purísima que también le llevé produjeron el milagro. Cuando Eneka comenzó a retocar uno de los folios que tenía dibujados. La intensidad que ganaron los colores era increíble. Su pupitre estaba junto a una ventana y la luz realzaba enormemente cada color, sobre todo los que retocaba con las nuevas tintas que fuimos fabricando, sin duda serán las mejores pinturas que nadie haya hecho hasta ahora. 

Retocaba una imagen del arca de Noé, y a cada pincelada recobraba intensidad. Yo comencé a recitar una aleya de la Sura Hud: «Sube en ella una pareja de cada especie y a tu familia, exceptuando aquel contra el que ya haya precedido la palabra, y a los que crean; pero solo eran unos pocos los que con él creían». 

—Como ves, Eneka, tu religión no es tan diferente a la mía. Noé también figura en el Corán, al igual que muchos de vuestros profetas, y aunque no lo creas, Jesús también. No con la importancia que tiene para vosotros, pero aparece. Lo que te sorprenderá es que hay una sura entera dedicada a María, donde cuenta el misterio de la concepción y el nacimiento de Ibn Maryam o Isa al-Masih, que son sus nombres. 

Eneka, desconocedora de tanto detalle estaba sorprendida, ella era muy religiosa y celosa de sus creencias y encontrar lo mismo las nuestras comenzó a interesarse.    —Tienes que contarme más, Nur. Yo ahora estoy trabajando en la copia de un códice que escribió un monje llamado Beato hace dos siglos. Son unos comentarios sobre el Apocalipsis de San Juan, uno de los apóstoles —comentó mientras me mostraba páginas que ya había acabado y que me sobrecogieron. 

Ciertamente ella pintaba lo que describía el Corán en tantos pasajes. El Apocalipsis era el Yawm al-Qiyámah, el día de la resurrección, la Hora. Y sus pinturas captaban las imágenes terroríficas y poéticas que describía tanto el Corán como su Biblia.

Qué manera tan diferente de divulgar la palabra divina, mientras nosotros nos ocupamos de mantener la palabras reveladas intactas a través de nuestra escritura y propiciar que todo el mundo aprenda a leer, en estas tierras, mantienen a sus gentes ignorantes y con miedo a su Dios simplemente a través de imágenes. No les hace falta leer y por eso no tienen tantos libros, sino copias de unos pocos.

Eneka me contó que las mejores bibliotecas de su reino, las de las abadías y catedrales albergaban no más de unos pocos cientos de libros de pergamino y que cada libro podía costar como un molino o una dehesa. El pergamino y el delicado proceso los encarecía. Quizás no acabó de creerme cuando le conté que el califa al-Hakam estaba reuniendo una biblioteca que contenía ya varios cientos de miles de libros, y que era precisamente el lugar donde yo trabajaba. 

Hablamos de la inalcanzable paz entre reinos y de la hermandad entre semejantes. De la violencia y las luchas. Y de la posición de las mujeres. Compartíamos puntos de vista similares y también una profesión excepcional. Había mucho más que nos unía pese a nuestras diferencias religiosas y culturales. 



Una mañana me pidió que le escribiera alguna aleya del Corán para tenerla como recuerdo. Dispuso otro pupitre frente al suyo, junto a la ventana, separado por una mesita donde estaban preparadas las tintas. Yo recordé el Corán azul de los fatimíes del que había hablado en casa uno de los poetas amigo de Muhammad. Su letra era cúfica pero yo escribiría recordando la de mi padre. Tomé un folio de pergamino y lo teñí de índigo completamente. Ella miraba absorta. Comencé a escribir: «Allah no os prohíbe que tratéis bien y con justicia a los que no os hayan combatido a causa de vuestra creencia ni os hayan hecho abandonar vuestros hogares. Es cierto que Allah ama a los equitativos». El cálamo mojado en oropimente fluía mágicamente a ojos de Eneka y el contraste realzaba esas letras que unía siguiendo la misma línea. Ella me dejó hacer y continuó con un mapamundi en el que estaba trabajando. 

Eneka frente a mí era como mi reflejo de mi zurdera en un espejo, yo seguí sin levantar la cabeza haciendo discurrir la huella del cálamo por la página. Y ella quizás inspirada por mi borrón azul mojó su pluma en lapislázuli y comenzó a pintar un mar azul que enmarcaría completamente el mapa, cuando acabó se puso a soplar para secar la tinta. Yo levanté la cabeza y la miré cuando la escuché rascar el papel, el mar se poblaba de peces y criaturas y quedé sorprendida. 

—A veces para sumar es mejor restar y así estás haciendo Eneka, quitas tinta pero das vida.

Entonces me levanté y observé que estaba dibujando una figura humana dentro de uno de los peces.

—¡Jonás! —exclamé.

Eneka levantó la cabeza.—¿También está en tu Corán? —quiso saber. No pude evitar una carcajada que hizo levantar la mirada a los demás monjes, quienes se abstraían en su trabajo en el scriptorium. Comenzaron a murmurar como ya habían hecho en otras ocasiones, mientras seguían con sus menesteres. Yo recité: «El pez se lo tragó y fue así reprendido. De no haber sido porque era de los que glorificaban, habría permanecido en su vientre hasta el día en el que todos serán devueltos a la vida», Sura al-Saffat. Nos miramos sonriendo, conscientes después de tantas conexiones de que realmente no éramos tan diferentes. 



Un revuelo de campanas, mucho más alegre que con el que me recibieron nos distrajo de nuestras tareas y todo el mundo se apresuró y salió a ver qué pasaba. Sonaban también unas cornetas y a poca distancia ya, se veía venir una comitiva reluciente. Era Teresa, que había sido avisada por Eneka y quiso hacerme una visita, lo que para mí fue un verdadero honor. El murmullo entre los monjes crecía, no podían imaginar que esta musulmana que se alojaba en su monasterio pudiera recibir una visita de tan alta alcurnia. ¿Quién era esa extraña escribana zurda? Algunos llegaron a decir que mi mano la guiaba el diablo. Sobre todo cuando enseñé a Eneka a dibujar el simurg, una criatura mítica en tierras de Fars, donde nació mi padre. Otros murmuraban que las imágenes del infierno que había pintado Eneka en la nueva copia del Beato eran tan perfectas porque la escribana zurda se lo había descrito fielmente porque sin duda alguna, lo conocía.

Eneka no se había sorprendido al verme escribir con la mano izquierda y utilicé aquella mano libremente por primera vez, sin tener que dar ningún tipo de explicaciones. Yo siempre pensé que nací zurda por designio divino. Mi padre perdió su mano derecha, y eso mismo podría haberme pasado a mí, que no estamos libres de los tiranos ni de los insensatos.

Sobre la mano con la que yo escribía Eneka solo comentó una vez que era la mano del corazón, y que siendo así, era imposible que de ella saliera algo malo. 



La visita de Teresa me llenó de alegría. Me contó que su marido Sancho había fallecido hacía ya unos años, envenenado. Que pudo regresar de Córdoba a caballo y sin ayuda y que también recuperó su trono durante unos años hasta su muerte.

—De Dios somos y a Él hemos de volver —pronuncié. Me tomó de la mano y fuimos hacia la sombra de unos castaños, recordando el paseo que propició nuestro encuentro en Córdoba. 

—Cada vez que paseo y el aroma del romero me llega te recuerdo, querida Nur —confesó. 

Teresa nos preguntó por nuestro encuentro y no pudimos evitar las risas. 

—Veo que os habéis hecho grandes amigas — observó sonriendo. 

—Sí —asintió Eneka—, y hemos aprendido mucho también. Hemos desnudado nuestras almas y visto que más que diferencias, tenemos mucho en común. Y que en los propósitos divinos de nuestros Dioses no hay tanta diferencia como para andar matándose los unos a los otros, sedientos de poder. 

Teresa me dijo que ya el rey era su hijo, que heredó el trono con cinco años y que ahora que ya tenía catorce estaba en plenas facultades de hacerlo por sí mismo sin su consejo. Me indicó que era benefactora de algunos monasterios y que por eso conocía a Eneka, mientras la abrazaba. Sonaron las campanillas que avisaban de la cena y nos dirigimos al lavatorio para el aseo de nuestras manos.



Cuando Teresa probó los espárragos cuajados con huevo que habían preparado las cocineras según la receta de Nur, cerró los ojos. 

—¡Me habéis traído Córdoba en un bocado! —exclamó, y nosotras rompimos de nuevo el silencio con nuestras risas. 

—Si supieras lo que nos ha costado convencer a las cocineras para que dejaran entrar en su cocina a Nur con sus hierbas y cosechas silvestres —bromeó Eneka. 

—Aunque luego se sorprendieron tanto al probar los platos que preparaba que le pidieron las recetas. Con huevo, con carnes de cordero, o como ella dice, esparragados, jamás pensamos que esos brotes pudieran ser algo tan exquisito. Lo que nos perdemos a veces con nuestros prejuicios y nuestra cerrazón —concluyó.

Teresa había venido para asistir a la terminación de la copia del Beato, mañana sería un día especial y habría una gran celebración en honor de los artistas que habían intervenido en su elaboración. Le hablamos a Teresa sobre nuestros días juntas y le agradecimos que hubiera propiciado nuestro encuentro. Yo le hablé sobre mi decepción con la página del Corán que me trajo aquí.

Teresa recitó:

—«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien».

Eneka asintió apuntando:

—Epístola a los Romanos.

Yo concluí: 

—«Ciertamente, con la dificultad viene la facilidad», Surat al-Inshirah, el Consuelo. 

Teresa nos tomó a cada una de las manos y sonrió feliz y añadió: 

—Nur, has dejado una huella imborrable en nosotras, y te recordaremos por siempre.

Al día siguiente la cocina rebosaba de actividad. Los aromas de las hierbas de Nur se hacían patentes. Teresa y yo habíamos ido a pasear un rato mientras charlábamos y Eneka, que había madrugado mucho, si es que durmió, estaba ya en su pupitre acabando la letra omega del alfabeto griego. Era el día 6 de julio de 975. Eneka escribía el colofón: Ende pintrix et Dei aiutrix. Frater Emeterius et presbiter. Ende pintora y ayudadora de Dios. Fraile Emeterius, presbítero.

Comentarios

Entradas populares