Al-Mariya


الْمَرِ يَّةُ مِرْآةٌ تَعْكِسُ مَا ضَاعَ مِنَّا

Almería es un espejo que refleja lo que hemos perdido


No me gusta como me mira ese sucio marinero. Lo hace como aquellos cazadores de esclavos que me arrancaron de mi tranquila vida. En su mirada no estaba el deseo sexual con que a veces miran algunos hombres, un deseo limpio en una mirada que busca primero aceptación. Era una mirada insana que deja ver el menosprecio hacia las mujeres y la estúpida superioridad que les hace sentir dueños de tu vida. Nos salvábamos de ellos porque no querían estropear la mercancía. Ya se cuidaba bien el jefe de que nadie se acercara a nosotras desde que iniciaron la caravana en Bagdad hacia la costa.


Un mes, de luna a luna, tardamos en llegar al puerto de Sur cruzando un inhóspito desierto. Cada noche entendía hacia donde nos dirigíamos gracias a las estrellas, pero la mitad del camino estuve equivocada, pensaba que iríamos a Tarabulus, de donde sabía que salían barcos llenos de todo tipo de mercancías, ya que seguíamos la ruta de la seda. Para mí era fácil pasar de las estrellas a los mapas de mi memoria, como los del atlas de al-Balji, que conocía perfectamente, no en vano, una de las copias de estos mapas que hizo al-Istajri fue uno de los últimos libros en los que había trabajado en la Casa de la sabiduría de Bagdad.



Quedé impresionada al pasar por el oasis de Tadmur, lugar que también conocía por haberlo visto reseñado en varios libros. Un oasis enorme y una ciudad fortificada junto a unas inquietantes ruinas, sin duda de una civilización anterior a la nuestra y quizás más justa, aunque algunos creían, como dice el Corán en la Sura Saba, versículos doce y trece, que fue una de las ciudades construidas por los genios, los yinns, bajo órdenes de Salomón. La realidad según los eruditos era otra bien distinta, nada de genios, hombres, de otros pueblos que desconocemos y para mí la evidencia fue que cuando atravesábamos las ruinas pude ver piedras con escrituras grabadas con letras sueltas que pertenecían a ese otro alfabeto latini, la lengua de los antiguos rum.

A los cuatro días paramos en el oasis de al-Qaryatayn, donde de nuevo pude ver esas extrañas ruinas de los rum. Esa noche hubo una gran reunión de camelleros, la música y la poesía se escucharon hasta bien tarde, mientras el fuego no dejaba de crepitar y bailar sobre las sombras de la noche. Sonaban flautas y el rabab y todos cantaban a coro al-Huda, al igual que hacían durante todo el día, parece ser el himno de los camelleros. Yo me moría de ganas de cantar, hacerlo solo con la mente es algo frustrante, aunque las notas y versos estén en nuestra cabeza, es necesario que el aire que hace vibrar nuestras cuerdas vocales salga de la boca, un temblor que hace que las almas se estremezcan. Mas yo ya sabía mantener mi boca cerrada tanto para el canto como para la conversación y ellos ya sabían bien que tipo de delicada mercancía portaban, unas cuantas qiyan que les reportarían unas buenas ganancias y que debían cuidar hasta su venta.



Pasada la tercera semana llegamos a Dimashq, una pequeña ciudad que había sido gobernada por los omeyas, los gobernantes previos a la dinastía que gobernaba ahora y a los que sirvió mi padre, los abasíes, que los derrocó. Los omeyas ampliaron su dominio desde la India a al-Magreb, hacia donde seguramente nos dirigiríamos, pero hace unos doscientos años, las intrigas políticas y religiosas minaron su poder que a la vez que se expandía, se debilitaba. Tras la batalla del Gran Zab, el último califa omeya, Marwan II, fue derrotado y huyó a Egipto, donde finalmente fue alcanzado y decapitado.


Una noche organizaron un gran banquete, tras ofrecer a los descendientes omeyas, que eran muchos, una amnistía y la reconciliación. A mitad de la cena entró el ejército abasí para acabar con todos a mazazos, extendieron alfombras sobre ellos y siguieron con la celebración con ellos, algunos moribundos bajo sus pies. Luego llegaron hasta a profanar las tumbas de los califas anteriores y quemaron sus restos. Solo se escapó un joven príncipe de la masacre haciendo quizás el mismo recorrido que me obligan a hacer a mí ahora. Pero él llegó y consiguió devolver el poder a su dinastía y sus herederos aunque en las lejanas tierras de al-Andalus. 

En Dimashq nos condujeron al hammam y después pudimos orar en la mezquita mayor, la que construyeron los omeyas hace ya más de dos siglos, pude contemplar sus mosaicos de oro que representaban el paraíso.



Pasada una semana desde que nos metieron a empujones en ese barco de madera de cedro pudimos ver una gran isla a la que nos acercábamos, las estrellas en la noche revelaban que debía ser la isla de Iqritish. Cuando nos echamos a la mar, a mí se me vino la imagen del faro de al-Iskandariya, sería magnífico contemplarlo y mucho más haber podido visitar esa biblioteca pero para eso debía haber nacido seis siglos antes. La biblioteca no era nada ya, pero el faro, como en un acto de resistencia daba esa luz que también da el conocimiento. Pero la travesía era otra.

En Iqritish hubo bastante trasiego de mercancías, el olor a sal fue desplazado por aromas de miel, especies y madera de ciprés y nuevos esclavos subieron a bordo. Por su aspecto eran francos, y no tenían pinta de haber sido tratados demasiado bien por sus captores. Había algunos niños también, la esclavitud no conoce edad.



Dos semanas nos costó llegar a Balam, capital de esa gran isla triangular que tanto me llamaba la atención en los mapas de ese mar que unos llamaban Bahr al-Rum, otros Bahr al-Mutawassit, pero que en su extremo oriental era llamado Bahr al-Sham. Allí fue el turno de las sedas, las balas que bajaron del barco no podían contener otra cosa, impecablemente embaladas y protegidas con una capa de cera sobre el tejido de cáñamo que las envolvía. No bajamos del barco tampoco aquí. Menos mal que había ropa suficiente para que nos pudiéramos cambiar y también agua reservada para nuestro aseo, eso sí, el resto de la tripulación al parecer no tenían esas mismas necesidades de limpieza. Quien es limpio por dentro, también lo es por fuera.


Una profunda pesadumbre me produjo abandonar la isla triangular, la volvía a visualizar en los mapas ahora como una señal, un indicador de cuál era mi destino, al que llegaría ya en esta última travesía.


Durante todo el trayecto permanecí con la boca callada y no quise tañer ningún instrumento, aunque la melancolía me invadía al escuchar las canciones que interpretaban las demás qiyan bajo las estrellas en las noches de calma. Los poemas de mi padre regresaban a mi mente.

Su recuerdo era cada vez más intenso, se había convertido en mi único refugio, imaginaba lo que estaría sufriendo de estar vivo y saber lo que me había ocurrido. Si hubiera mantenido su influencia, me habrían rescatado a las pocas horas. Pero hace muchos años que no está y ahora el sufrimiento es el mío y el de mi vieja madre que seguirá pensando que si me hubiera casado, como siempre me aconsejaba, no estaría en esta situación.

En dos semanas llegamos a al-Andalus y no imaginaba cuál sería mi destino. Me confinarían en algún harem y me exhibirían cual trofeo robado de Oriente esperando que les cante exóticas melodías, pero no será así. No compartiré lo que atesoro, son mis únicas pertenencias.



La llegada al puerto de al-Mariya fue cegadora, pasamos de los profundos azules del cielo y del mar a un brillo dorado y verde que se iba elevando hasta unas cumbres blancas en la lejanía. Sobre el puerto una pequeña ciudad impoluta, como recién construida y sobre la ciudad una fortaleza blanca e inexpugnable que era todo un símbolo de poder.

Bajamos del barco y nos condujeron en unas carretas que rodearon la ciudad sin entrar en ella, luego supe que no hubo visita al hammam ni a la mezquita porque estaban todavía en construcción. Efectivamente, se trataba de una nueva ciudad fundada por el califa omeya ese mismo año. Al-Andalus era ya un califato independiente de Bagdad.

Un camino polvoriento nos condujo a un río que pudimos vadear sin necesidad de pasar por ningún puente, su caudal alcanzaba solo al tobillo y finalmente llegamos a Bayyana, donde nos condujeron al hammam para asearnos.



El zoco era puro bullicio, los habitantes de esta ciudad chillaban como energúmenos, faltos de delicadeza, gritaban los que vendían, gritaban los que compraban, más los gritos de los que se saludaban, «¿es que aquí son todos sordos?», me preguntaba.

Y allí lo vi por primera vez, junto a un anciano que podía ser su padre o incluso su abuelo. Parecía ser el único que no gritaba, y cuando me vio, posó su mirada limpia en mis manos, como adivinando los prodigios que podía hacer con ellas. Susurró algo al oído del anciano y ambos se dirigieron al estrado donde ya estaban subiendo los niños que nos acompañaron desde Balam, algunos lloraban, quizás intuyendo su destino. Acabarían vendidos por unos cien dinares cada uno para ser castrados e instruidos y poder ser revendidos por dos mil dinares o más. Un negocio prohibido para los musulmanes pero no para los judíos. Lo paradójico es que luego era el califa y la nobleza quien los compraba no solo para vigilar los harenes. Llegarían a ser funcionarios, tesoreros, diplomáticos de confianza o feroces militares. Y lo mejor era que al no poder tener hijos, jamás podrían fundar dinastías que pudieran competir con la suya. Por tanto solo les restaba la obediencia.



Las demás mujeres de mi hilera comenzaron a subir al estrado. El sol se reflejaba en el blanco suelo y la luz era cegadora. Llegó mi hora. Tras hacerme la preceptiva inspección médica, uno de los hombres que se encargaba de pregonar las excelencias de las futuras esclavas se aproximó y me susurró al oído:

—Cuanto más demuestres saber, más valdrás.

A lo que yo, en un acto reflejo y a plena voz, repuse:

—El valor de cada persona es lo que hace con excelencia.

El aire se espesó de inmediato y los asistentes comenzaron a murmurar.

—¡Hay una mujer en el estrado que habla con la lengua de los sabios! —exclamó alguien, y el murmullo se acrecentó. 

El anciano se acercó, asombrado por ese nivel de adab, y pujó: «Dos mil dinares». El murmullo cesó y se produjo un silencio absoluto. Agaché más la cabeza al comprender que mi libertad e independencia definitivamente alzarían su vuelo; un vuelo que quise seguir en el cielo con mi mirada mientras me agarraban por el brazo para entregarme a quien ya sería mi dueño: Masud al-Gassaní.

Masud significa «el afortunado», «el feliz», «dichoso» o «aquel con buena fortuna». Cada nombre habla de quien lo lleva. Su riqueza le permitió construir un rico palacio en la nueva medina de al-Mariya. Muy cerca de esa nueva mezquita que construían y cerca también del zoco que comencé a transitar muy pronto.

Allí fui conducida. Su hijo Muhammad, a quien atraparon sus ojos mis manos en el mercado de esclavos, sería unos siete años menor que yo, y sus pupilas vibraban cuando me veía. Era poeta nato, hilvanaba las palabras de tal modo que cuando le escuchaba recitar quedaba sobrecogida y me venían a la mente melodías que más que acompañar los versos, los elevarían. Porque de eso se trata, la música es soporte de la letra, es un mullido cojín que enaltece la poesía. Y su padre quería que le trasmitiera todo el conocimiento que yo podía traer de Bagdad. Yo venía ya con la etiqueta puesta, el lugar de dónde me trajeron era una de las bazas para que mi precio fuera alto, aunque yo con mi respuesta al vendedor ciertamente lo elevé.



Pero mis designios fueron otros, Muhammad se había enamorado de mí, y no negaré que yo de él. A las pocas semanas de mi compra anunció a su padre que me quería como esposa, ya que también estaba certificada como virgen. Así es que pronto recibí como dote la mitad de lo pagado por mí en el mercado y todo dio un vuelco en mi vida. Pensé que ya era hora de poder hablar con libertad y también de comprar un laúd con el que acompañar mis cantos. 



En al-Mariya tenían la misma costumbre de hablar a voces y tenían un peculiar acento, encima de fuerte, hablaban juntando unas palabras con otras y comiéndose la mitad. Me tendré que acostumbrar. Quien sigue la corriente fluye con más naturalidad. Las cosechas del Wadi Bayanna y de al-Busharrat invadían el zoco, expuestas en unos fardos hechos de esparto, que eran totalmente desconocidos para mí. Otra cosa que me sorprendió fue el aceite de oliva, en Bagdad usábamos el de sésamo ya que los olivos, no prosperaban bien. Pero lo que más atrajo mi atención fueron los brocados de seda, había algunos de un color verde que jamás había visto y que competían con las sedas de Bagdad. La medina se estaba llenando de telares, y cada cual refinaba sus métodos para obtener mejores resultados. En el zoco también había puestos de minerales para hacer tintas de diferentes colores, había cinabrio, que se mezclaba con goma arábiga y clara de huevo para obtener ese bermellón tan exclusivo que se podía comprar en Bagdad, oropimente, cardenillo… Había de todo, y paseaba horas visitando los puestos.



Al-Mariya, la de la luz cegadora, me iluminó, por fin pensé que mi nombre ya sí que tenía sentido, de la oscuridad de los calabozos en los que visitaba a mi padre, de la oscuridad de la biblioteca donde trabajaba feliz, de la oscuridad del camarote del barco, una nueva vida me esperaba. Nur es mi nombre y significa luz. 

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